Era septiembre de 2017 cuando pude contar por primera vez el día que me abusaron, un año casi dos atrás. El agua caliente en el termo, unx amigx frente a mi, sentada en la mesa de mi casa, me cuenta una secuencia de abuso vivida cinco años atrás. Recién podía dimensionar la violencia ejercida ese día que su novio lx violó, y así reveer toda la experiencia de noviazgo inundada de pequeñas y grandes violencias.
Ellx terminó su relato y empecé yo, que ya me sabía abusado, pero no me había dado la lengua para nombrarlo. En esa mesa dos lenguas sueltas, que sabían más del silencio y los secretos, hicieron la revuelta de las palabras. Esos días venía pensando en cómo reparar mi cuerpo herido, en las heridas de mis amigxs, de mis ancestrxs; pensando sin hablar, pensando en libros y cuadernos.
Era en esa mesa que encontré la potencia del habla y la hermandad; entendí que lo primero era hablar, el primer paso de nuestra revolución.